Es lamentable, pero somos seres transformados por nuestra rutina diaria: un estilo de vida acelerado y lleno de complicaciones innecesarias nos ha vuelto personas egoístas y superficiales, seres que no nos detenemos a mirar dos veces antes de juzgar y actuar.
Algunos dirán que generalizo y es cierto, ya que yo mismo me incluyo en ese grupo. A pesar de que trato de hacer valer el respeto hace los demás que me fue inculcado, lo he dejado de lado en varias ocasiones.
Me pasó hoy, mientras quería hablar con mi prometida sobre algo importante. Ella pareció incómoda al verme llegar, e insistió en que habláramos en otra ocasión. Yo intenté cambiar el tema, pero su negativa me indignó. Eso a pesar que la conozco y confío en ella plenamente, y tengo la seguridad de que ella no se comporta así normalmente. Me retiré, algo molesto, pero meditando en qué sería lo que la hizo comportarse así
.
Minutos despúes caí en la cuenta ¡Qué tonto soy! Era obvio que algo pasé por alto, algo que era demasiado obvio para ella pero para mí no lo fue, ya que no tuvo oportunidad ni de explicármelo en su momento. Unos minutos después ella me llamó y lo aclaró todo, y le pedí una disculpa por no haber mirado dos veces antes de juzgar.
A todos nos ha pasado. Si veo una persona tirada en la calle pienso “Ese vago, debería trabajar”. ¿Y si supiéramos su historia, pensaríamos de igual manera? Incluso podría ser alguien muy enfermo que simplemente se desplomó en media calle, y nuestra indiferencia podría costarle la vida, como fue el caso de una noticia que escuché hace unos meses.
Yo mismo he conocido a personas que me han producido repulsión, pero que luego de una oportunidad han resultado ser compañeros y hasta amigos de confianza.
Esa prisa indiferente es la semilla que genera muchos otros males, tales como el racismo y la xenofobia. No lo permitamos. Podemos evitarnos muchos problemas y malos entendidos si tan sólo nos detuviéramos, aunque fuera sólo un momento, a pensar en que las acciones del otro, sus palabras, sus intenciones, pueden no ser lo malintencionadas que nosotros creemos.
Algunos dirán que generalizo y es cierto, ya que yo mismo me incluyo en ese grupo. A pesar de que trato de hacer valer el respeto hace los demás que me fue inculcado, lo he dejado de lado en varias ocasiones.
Me pasó hoy, mientras quería hablar con mi prometida sobre algo importante. Ella pareció incómoda al verme llegar, e insistió en que habláramos en otra ocasión. Yo intenté cambiar el tema, pero su negativa me indignó. Eso a pesar que la conozco y confío en ella plenamente, y tengo la seguridad de que ella no se comporta así normalmente. Me retiré, algo molesto, pero meditando en qué sería lo que la hizo comportarse así
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Minutos despúes caí en la cuenta ¡Qué tonto soy! Era obvio que algo pasé por alto, algo que era demasiado obvio para ella pero para mí no lo fue, ya que no tuvo oportunidad ni de explicármelo en su momento. Unos minutos después ella me llamó y lo aclaró todo, y le pedí una disculpa por no haber mirado dos veces antes de juzgar.
A todos nos ha pasado. Si veo una persona tirada en la calle pienso “Ese vago, debería trabajar”. ¿Y si supiéramos su historia, pensaríamos de igual manera? Incluso podría ser alguien muy enfermo que simplemente se desplomó en media calle, y nuestra indiferencia podría costarle la vida, como fue el caso de una noticia que escuché hace unos meses.
Yo mismo he conocido a personas que me han producido repulsión, pero que luego de una oportunidad han resultado ser compañeros y hasta amigos de confianza.
Esa prisa indiferente es la semilla que genera muchos otros males, tales como el racismo y la xenofobia. No lo permitamos. Podemos evitarnos muchos problemas y malos entendidos si tan sólo nos detuviéramos, aunque fuera sólo un momento, a pensar en que las acciones del otro, sus palabras, sus intenciones, pueden no ser lo malintencionadas que nosotros creemos.

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